¿Terminas tu jornada, pero sientes que sigues trabajando? Nuestra embajadora, Alexandra Navarrete, reflexiona sobre la carga emocional y mental de acompañar a otros siendo independiente.
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¿Te ha pasado que terminas tu jornada laboral, pero sientes que todavía sigues trabajando? Quizás revisas un mensaje pendiente, respondes una consulta de último momento o recuerdas que aún tienes que gestionar un pago. Son pequeñas tareas que, casi sin darnos cuenta, terminan extendiendo nuestro trabajo más allá de los horarios que habíamos establecido.
Trabajar de manera independiente tiene muchas cosas que valoro: organizar mis tiempos, tomar mis propias decisiones y construir una forma de trabajar que se ajuste a mis necesidades. Sin embargo, también he descubierto que esa misma libertad trae consigo un desafío que no siempre resulta sencillo: aprender a establecer y respetar mis propios límites.
Cuando somos independientes, muchas veces no existe alguien que nos diga que la jornada terminó. Somos nosotros quienes debemos decidir cuándo dejar de responder mensajes, cuándo cerrar el computador y cuánto espacio estamos dispuestos a darle al trabajo en nuestra vida personal.
Y aunque parezca sencillo, en la práctica no siempre lo es.
Sobre todo cuando nuestro trabajo implica acompañar a otras personas.
Cuando termina la sesión, pero no todo lo que sentimos
Como psicóloga, sé que hay jornadas que no terminan simplemente al cerrar el computador. Hay historias que nos conmueven, sesiones que nos movilizan emocionalmente y situaciones que, incluso después de terminar, siguen presentes en nuestros pensamientos.
A veces me descubro recordando algo que mencionó un paciente, pensando en cómo abordar un tema en la próxima sesión o preguntándome si registré algún detalle importante.
Y creo que quienes trabajamos acompañando a otros podemos identificarnos con esa sensación.
Porque acompañar implica mucho más que estar presentes durante una sesión. Escuchamos, contenemos, observamos, conectamos información y prestamos atención a pequeños detalles que pueden ser significativos para el proceso de cada persona.
Es un trabajo que requiere conocimientos y preparación, pero también mucha energía emocional y mental.
A esto se suma una carga que pocas veces hacemos visible: recordar pendientes, organizar información, coordinar horarios, responder mensajes y gestionar todo lo necesario para que nuestras atenciones funcionen.
Y entonces aparece una pregunta que considero importante: si dedicamos tanto tiempo a cuidar y acompañar a otros, ¿qué espacio estamos dejando para cuidarnos nosotros?
Organizar mi trabajo también es una forma de cuidarme
Durante mucho tiempo asocié el autocuidado principalmente con descansar, desconectarme o hacer actividades que disfrutaba fuera del trabajo. Y aunque todo eso sigue siendo importante, con el tiempo he comprendido que también necesito observar cómo estoy trabajando.
Porque de poco sirve intentar desconectarme si termino mi jornada con la sensación de tener diez cosas pendientes en la cabeza.
He aprendido que cuidar mi bienestar emocional también implica disminuir esa carga mental que muchas veces asumimos como parte inevitable de trabajar de manera independiente.
No se trata de dejar de involucrarnos con nuestros pacientes ni de restarle importancia a nuestro trabajo. Se trata de encontrar formas de organizarnos que nos permitan estar presentes durante nuestras atenciones, sin sentir que debemos estar disponibles permanentemente.
En ese proceso, contar con herramientas que faciliten la gestión cotidiana puede marcar una diferencia.
Existen pequeñas tareas que, por separado, parecen no tomar demasiado tiempo, pero que juntas pueden transformarse en una preocupación constante.
Por eso, herramientas como las que ofrece Encuadrado pueden ayudarnos a organizar mejor nuestro trabajo y disminuir parte de esa carga:
Por supuesto, ninguna herramienta puede reemplazar el trabajo emocional que implica nuestra profesión. Tampoco elimina las preocupaciones ni hace que las sesiones difíciles dejen de movilizarnos.
Pero sí puede ayudarnos a que lo administrativo no se transforme en una carga adicional al finalizar el día.
Hoy entiendo que poner límites no significa solamente aprender a decir que no. También significa construir una forma de trabajar que me permita cerrar mi jornada con mayor tranquilidad, descansar sin culpa y reconocer que mi tiempo personal también merece ser protegido.
Porque estar comprometidos con nuestro trabajo no debería significar estar disponibles todo el tiempo.
Y quizás ahí está una de las reflexiones más importantes que me ha dejado el ejercicio independiente: no necesitamos esperar a sentirnos sobrepasados para comenzar a mirarnos.
A veces, el autocuidado también comienza con algo tan cotidiano como organizarnos mejor, soltar un pendiente y permitirnos terminar el día sabiendo que, por hoy, hemos hecho suficiente.
Porque quienes dedicamos nuestro trabajo a cuidar de otros también merecemos un espacio para nosotros mismos.


Psicóloga Clínica